Rodando por el Valle del Jerte en flor

Plasencia

Plasencia

3 horas y 43 minutos

187 km

El valle del Jerte, en flor.

Hace poco alguien me dijo que la moto no es un medio de transporte para ir de un punto A hasta un punto B, sino más bien una filosofía de vida.

En verdad, es una forma de ver el mundo que me pertenece desde hace mucho tiempo cuando, al ser poco más que una niña, ya soñaba con las palabras de Kavafis: «Si vas a emprender tu viaje hacia Itaca/pide que el camino sea largo/lleno de aventuras, lleno de experiencias/No temas a los Lestrigones ni a los cíclopes/ni al colérico Poseidón/no hallarás tales seres en tu ruta/si alto es tu pensamiento si limpia es la emoción de tu espíritu y tu cuerpo».

Cada motero esconde dentro de sí un pequeño explorador que, a las prisas de llegar, prefiere el afán por lo desconocido, la búsqueda de la hermosura inesperada y aprisionada en los rincones más impensados; el fascino del ignoto, como los antiguos marineros que se embarcaban a tentar la suerte hacia nuevas tierras lejanas y misteriosas.

Y, precisamente desde la patria de muchos de ellos, Extremadura, empezamos nuestra ruta en un precioso fin de semana de abril. Ya que nuestro punto de partida era la bella Plasencia, dejamos a un lado bollos y croissant para comenzar la mañana con la verdadera estrella de la zona: un buen platazo de jamón acompañado de tostadas con aceite. Un rápido paseo por el casco histórico de la ciudad es suficiente para entender porque la llaman “la Perla del valle del Jerte”. Obviamente, no podíamos perdernos la catedral o, mejor dicho, las catedrales, ya que la nueva se construyó utilizando gran parte de la anterior y fundiéndose con ella, dando lugar a una obra arquitectónica imponente e impresionante. Además, en nuestro paseo mañanero, tuvimos la suerte de coincidir con la banda de música de la ciudad de Plasencia que, junto a un café bien fuerte, nos ayudó a despertarnos del todo y cargarnos de energías para nuestro recorrido.

Ruta 16 foto 1

Subimos sobre nuestro corcel moderno de 115 caballos y nos lanzamos en la EX-203 en dirección Tejeda de Tiétar hasta Cuacos de Yuste.

En este municipio español, que pertenece a la provincia de Cáceres y cuenta con poco más de 800 habitantes, “el César”, que lo que se dice un tonto de capirote no era, decidió tomarse su merecido descanso después de haber reinado sobre más de media Europa y parte de América, ya que al fin y al cabo también esto de ser rey a lo largo cansa y todo el mundo tiene derecho a su jubilación, más aún en un sitio tan encantador.

Nos tomamos el tiempo para visitar el famoso Monasterio de Yuste y a primera vista nos quedó claro que si existiera un sitio perfecto para despedirse del mundo en paz, sería este impactante edificio del siglo XVI, que se ha convertido en un símbolo no solo de Extremadura sino de toda Europa. En 2007 fue declarado Patrimonio Europeo.

Dejado atrás el monasterio y la carretera de la Vera, dadas las fechas (y los románticos que somos), nos dirigimos con Extremoduro en la cabeza, a «a robar cerezas, de las del valle de enfrente», que de borde tiene bien poco y es uno de los sitios más encantadores que haya visto jamás.

El goce empieza en la misma carretera, la EX- 391 que de Cuacos de Yuste llega a Valdastillas, convirtiéndose a la altura del espectacular paraje natural de Garganta de la Olla en la CC-174 que llega hasta el Piornal (el pueblo más alto de Extremadura con sus 1200 m de altura y unas vistas impresionantes).

Casi 40 orgásmicos kilómetros de curvas estrechas, con las rodillas rozando el asfalto (aunque haya que tener cuidado en algunos puntos ya que no siempre las condiciones son óptimas), sin cruzar casi un coche, excepción hecha por alguna aislada furgoneta agrícola que nos recuerdan los tiempos lentos de los campos que nos rodean.

Todo alrededor es naturaleza pura, arroyos, gargantas, riachuelos aparecen en cada rincón del camino saciando la sed de las viejas encinas y los alcornocales que cubren como una manta toda la dehesa.

Desde Valdastillas cogimos la N-110 en dirección Tornavacas. Los sentidos despertados por los perfumes embriagadores de la vegetación. La belleza de toda la comarca quita el aliento y alcanza su clímax en esta explosión de color que es este tramo de ruta, donde no sabréis a donde mirar ya que, a ambos lados de la carretera, los cerezos en flor os rodearán por todas partes, siendo la prueba que no hace falta irse hasta Japón para ser testigo de una obra de la naturaleza sin iguales.

Es más, con un poco más de marketing, que admitámoslo no es lo que mejor se nos da en España, podríamos tener nuestro propio hanami español con hordas de turistas fotografiando por todos lados (esperemos que no pase pronto porque ya así había bastantes). Es el corazón de tinieblas del arrebatador Valle del Jerte.

Como nuevos Kurtz contemporáneos, seguimos el trazado del río hasta su nacimiento en el Puerto de Tornavacas, subiendo otra vez a más de 1.200 m de altura. Desde allí todo aparece inmenso y grandioso, y entre la Sierra de Gredos, Béjar y Candelario, un poco más allá de donde se separan las aguas de la Cuenca del Duero y del larguísimo Tajo, ya pudimos ver nuestra próxima etapa, el pequeño y encantador pueblo de Hervás, adormecido en el Valle del Ambroz.

Ruta 16 foto 3

Y así me encuentro otra vez en un nuevo comienzo, por las mismas calles estrechas de la judería, las mismas casitas blancas que parecen de cuento, los mismos árboles hechos de solas ramas que parecen abrazarse entre ellos para consolarse de su escualidez… ¿Cómo se llamarán?

Al Museo de la Moto, que hace unos años (aunque parezcan días) pasamos de largo, esta vez entramos, porque, tú y yo, somos moteros y quizás más parecidos.

Cada año que pasa me convenzo más que tenía mucha razón quien dijo que hace falta que todo cambie para que todo siga igual. Somos distintos cada segundo que pasa, aunque el espejo todas las mañanas nos refleje la misma cara.

Luego está la carretera, la N-630, pasamos de autopista que, como todos saben, las prisas no son buenas. Ya a la primera curva, la voz dura de Iniesta, otra vez, empieza a hacerse más fuerte hasta cubrir mis pensamientos: «atravieso otra montaña, y tu recuerdo me acompaña; ¡sí!, y voy cada vez más lejos. Doy la vuelta cualquier día, para darte compañía; ¡sí!, y cada vez más dentro».

Pasamos bosques, lagos, pantanos, a los lados del camino las vacas nos miran plácidas. Algunas están tumbadas en la hierba, otras amamantan terneritos de ojos enormes. Parecemos estar en medio de un cuadro. A la altura de Jarilla el viento ha despejado el cielo y mi cabeza. Los murmullos se han callado, todo es paz y sosiego. Solo existe el ruido del motor, el cambio suave de las marchas, el zumbido como un mantra zen.

Es lo que me más me encanta de la moto, mejor que cada técnica de relajación, resta todo lo superfluo, todo lo que no suma y te deja a solas contigo mismo. Me imagino que sea algo parecido a sumergirse en los fúndales oceánicos o elevarse en vuelo por las alturas, en búsqueda de este silencio que tanto nos hace falta. Es soledad de la buena y sobre todo una libertad sin igual.

Me imagino a los romanos marcando este recorrido por la virgen tierra de Hispania por primera vez, hace dos milenios. A lo lejos todavía perduran sus rastros en los vestigios del Arco de Caparra, estaría al alcance con tan solo una pequeña deviación, pero lo dejamos para otra aventura.

Plasencia ya aparece en el horizonte. Sabemos bien que queda mucho camino por delante, «que siempre hay algo más, un poco más y la cosa nunca se termina». Pero, ¿qué más da? «La carretera es la vida». Ya estamos listos para otro viaje.

AUTORA: CAROLINA BERTAGGIA. CONCURSO HELLO RIDERS